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Introducción
JOSÉ NIETO SERRANO
Cualquier aspecto de la realidad puede ser interpretado
de manera bien diferente por abservadores que
se sitúen en diversos puntos de vista para su
análisis, lo cual significa que, según la actitud
con que nos acerquemos a un determinado fenómeno,
se nos abre un nuevo campo de estudio y profundización
para su comprensión más completa. |
Así pues, las señas de identidad cultural
de un pueblo pueden, y deben, ser estudiadas desde observatorios
que a primera vista parecen pocos afines, pero a los
que aglutina un fenómeno único y a la vez
proteiforme: el hombre y su relación con todo
lo que le rodea, los códigos de comportamiento
dentro de un determinado grupo social, la relación
de todos y cada uno de los individuos de un grupo con
potencias de tal magnitud que resultan la mayoría
de las veces incompresibles, pero que generan, en cambio,
una riquísima simbología en los ritos
a que dan lugar.
La antropología social, la arquitectura, la sociología,
la folk-medicina, la musicología, la organología...,
se complementan para darnos, en resumen, una idea aproximada
del fenómeno al que antes hacíamos mención
y con respecto al cual, el trabajo que aquí presentamos,
no es más que otro punto de abordaje aunque, eso
sí, con una capacidad de sincretismo admirable
a poco que urgemos adecuadamente en ella: la música
popular. Nuestra propuesta consiste en un acercamiento
a la música desde un punto de vista que, sin ser
ni mucho menos novedoso, sí que está necesitado
de un mayor abundancia de reflexiones al respecto; se
trata de considerar a la música desde puntyos
de vista muy sencillos, sin necesidad de complicadas
elaboraciones mentales, observandola desde sus aspectos
puramente funcional, sensual, lúdico, ritual,
y verla como parte fundamental de la cultura de transmisión
verbal, aquélla que se conoce a través
de voces anónimas que igual informan de viejos
mitos y leyendas que de la localización exacta
y técnica de perforación de un pozo. Es
la música como vehículo portador ritos,
creencias y modos de comportamientos ancestrales, síntesis
y fiel reflejo de modelos culturales perfectamente
definidos.
Sería de todo punto imposible explicar la persistencia
de formas musicales determinadas, danzas (festivas o
no) y romances centenarios en sus dos vertientes, la
musical y la literaria, si solamente respondieran a la
satisfacción de una demanda en el momento en que
fueron creadas, si representaran la moda del momento,
si no hubiesen estados cumpliendo una función
determinada durante generaciones.
La conocidad dualidad rito-canción no por manida
ha dejado nunca de tener vigencia: todos hemos podido
observar en nuestro entorno más inmediato cómo
al desaparecer determinada tareaagrícola, festividad,
modo de celebración, oficio o labor, toda la intrincada
maraña de relaciones que generaba perdía
su sentido y, de manera lógica, las manifestaciones
musicales a que daba lugar han seguido un mismo camino,
primero la degeneración funcional, su desarraigo,
su persistencia únicamente en el recuerdo de aquéllos
para los que en un tiempo las "utilizaron";
de ahí al olvido completo sólo media un
paso que, inexcusablemente, la biología se encarga
de dar.
Tachar de localistas a todas estas manifestaciones
culturales es no sólo quedarse a medio camino en su compresión,
sino aún en la corteza si damos por sentado que
las relaciones del hombre con su entorno y dentro de
su grupo social producen situaciones similares de fondo,
que cada cultura se encarga de resolver según
su disponibilidad de medios y necesidades, lo que genera
respuestas extraordinarimente diversas, formas culturales
enormemente abigagarradas, pero tras las cuales subyacen
unas motivaciones similares en todos los pueblos. Olvidar, ¿de
manera interesada?, los factores que antes mencionaba
en aras de una uniformidad cultural mal entendida y peor
planteada, la devaluación, cuando no ridiculización,
de lo autoctono también ha contribuido de manera
decisiva a la ruptura, afortunadamente parcial, de los
mecanismos naturales de interrelación entre diferentes
comunidades: ósmosis y paulatina asimilación
de diversos elementos culturales una vez tamizados por
ese sutil y difícilmente explicable subconciente
de la comunidad.
Los elementos fundamentales de todad esta secuencia
que, no lo olvidemos, es oral, son el informante y
el receptor de la información, que a su vez se convierte en
nuevo informante y así sucesivamente. A promera
vista, la introducción del folklorista, del recopilador
(ajeno a la comunidad por regla general), distorsiona
esta cadena y aporta gran parte de la artificiosidad
que las sitematización de cualquier materia genera,
aunque, dada la situación que antes hemos esbozado,
y referiéndonos -fundamental, pero unicamente-
a comunidades urbanas, podría colocarse en una
nueva cadena de transmisión oral que en vez
de binaria se compusiera eventualmente de tres elementos:
el informador, el recopilador y, a distancia del primero,
el receptor, siendo el elemento intermedio ( el recopilador)
el agrafe de una cadena distorsionada.
Claro está que tratar de poner en orden todo
este maremágnum es como tratar de poner puertas
al campo y, si las clasificaciones son imperfectas,
en este caso debe plantearse si tienen algún
sentido; de todos modos es difícil resistirse
a la tentación de tratar desde nuestra perspectiva —la
manía de clasificarlo todo— el tema de
la música popular.
Podríamos abordar esta tesitura desde dos puntos
de vista bastantes dispares, el musicológico
y el antropológico y, si bien el primero nos
aclararía de manera fundamental las técnicas
de composición, orden, escalas, ritmos, fundamentalmente,
y su estudio comparado es de incalculable estima, nosotros
vamos a decantarnos por la segunda posibilidad, por
el estudio temático que, indudablemente,
también nos informará, quizá de
una manera más fiel, de la importancia de estas
canciones en la vida de la comunidad a la que pertenece.
Como base bien podríamos tomar la clasificación
propuesta por Miguel Ángel Palacios, parcialmente
modificada y adaptada en nuestro caso, cuyo esquema
rubrica los dos modelos fundamentales a que antes
hemos hecho mención.
Así pues, dentro de las canciones de tipo profano,
tendríamos que considerar dos grandes grupos
según se aplique como criterio clasificador
el ciclo vital o bien el ciclo del año. En este último
caso se enclavan las coplas que acompañan a
las fiestas invernales, las solsticiales, carnavales,
todas las propias de las diversas faenas agrícolas
según la temporada, así como, ya dentro
del campo religioso, las que corresponden al calendario
litúrgico. Con respecto a las danzas en nuestra
provincia, el panorama es bastante espléndido,
ya que además de los abundantes bailes y coplas
de corro infantiles, aún se recuerda, y se entonan
las jerigonzas y melenchones, el fandango con variantes
de robao, rondeñas, malagueñas, seguidillas,
jotas, tanguillos (muy popularizados en el primer cuarto
del presente siglo hasta el punto de ser el soporte
musical de la gran cantidad de romances, sobre todo
de ciego) y, cómo no, el inefable y majestuoso
bolero, que en nuestra provincia se diversifica
en numerosas variantes. Una danza no autóctona,
pero sí ha calado, en zonas de sierra fundamentalmente
y no sólo en nuestra provincia, sino en zonas
serranas como La Alpujarray ciertas comarcas de Almería,
por referirnos a nuestro entorno más próximo,
es la mazurca, de la que incluimos una muestra en la
presente grabación. Fuera de ambos grupos —canciones
y danzas— pero en íntima relación
con ellos, habría que citar a nuestro romancero,
pilar fundamental del folklore musical de nuestra tierra,
así como otro conjunto de coplas que se escapa
de entre las manos al tratar de encuadrarlo dentro
de alguno de los ciclos a los que antes hemos hecho
mención y de no fácil recopilación
por motivos obvios; se trata de las canciones heterodoxas,
pornográficas y subversivas.
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