Informantes: Magdalena Cuevas Cáceres
Juan Antonio Jurado Medina
Localización: La Guardia

La Primavera es la estación del año que ofrece el renacer de la naturaleza, cíclicamente, de manera que tras los rigores invernales, durante los cuales se mostraba quiescente, se muestra pletórica de una exuberante fertilidad.
Desde muy antiguo, los hombres de muy diferentes culturas han celebrado fiestas rituales por el inicio de la Primavera, que por celebrarse durante los primeros días de mayo o últimos de abril se han agrupado en el denominado «Ciclo de Mayo».

Aunque no puede situarse con exactitud la antiguedad de estas celebraciones, todos los autores conocidos les otorgan unos origenes milenarios: desde quien –los menos– se remontan al Paleolítico pasando por su origen algo posterior, Neolítico, que cuenta con más adeptos, continuando con aquellos que se remontan a viejas celebraciones palestinas –las Mayanas– que influirían en la cultura griega, que al adoptarlas las extenderían por toda su área de influencia. Existen también aquellos que limitan su origen a la época clásica, con antecedentes históricos como son los cultos dedicados a Ceres (19 de abril), Flora (28 de abril a 3 de mayo), Maia (1 de mayo), lo cierto es que se trata de ritos por medio de los que por mimetismo, se rendía culto a la fecundidad y a la naturaleza o más bien a ambas cosas.

De hecho, las manifestaciones a que se dieron (o dan) lugar las podemos considerar desde dos puntos de vista bien diferentes:

  • Lúdico o festivo, que tiene como protagonistas a los jóvenes de ambos sexos, sus primeros escarceos amorosos, las rondas, etc.
  • Propiciación y protección de las cosechas, culto a la fertilidad, al agua que fecunda (lo que en realidad también comprende, en el sentido amplio,la acepción anterior).

Hasta hace unos años, el ritual de mayo daba lugar a manifestaciones bien originales que lógicamente no se pueden circunscribir a una sola comarca ni incluso a un solo país: el culto a la llegada de la primavera con pocas variantes se celebra (o se ha celebrado) en prácticamente todos los países del hemisferio norte.

El «árbol de Mayo» que mozas y mozos plantaban en medio de una plaza y adornaban con flores, guirnaldas y frutas, y el «Mayo» o «Maya», personificación del anterior y generalmente un niño o niña que, engalanado con flores, solía ofrecerlas a los transeúntes, son dos de las principales figuras o elementos rituales de estos festejos.

Si, como vemos, todo este ritual gira en torno al culto a la fertilidad de la Naturaleza, no menos importante en algunas zonas es el culto a la fuerza fecundadora, la que al derramarse penetra en la tierra y la hace germinar: el agua.

El culto a las aguas es una constante de nuestra cultura ancestral, siendo en unas culturas los grandes ríos (Amazonas, Nilo), en otras los lagos (Titicaca) y, principalmente en la nuestra, el protagonismo lo detentan las fuentes, de cuyo manantial brota un agua que en determinadas circunstancias adquiere propiedades mágicas, curativas o propiciatorias que, en origen, serian conferidas por ninfas, duendes o divinidades acuáticas y que tras el proceso de cristianización se suelen poner bajo la advocación de una determinada Virgen. Sólo por citar ejemplos podemos recordar la Virgen del Pilar, Virgen de la Fuensanta, Fátima, Lourdes.

En nuestra provincia podemos recordar al menos dos ejemplos de este culto a las aguas durante el Ciclo de Mayo, uno ya señalado por el profesor Julio Caro Baroja al poner de manifiesto el hallazgo de gran cantidad de exvotos en las aguas de Despeñaperros por el investigador Alvarez de Osorio en 1935; el segundo de los ejemplos tiene como escenario la Sierra de Segura y es un caso típico de rito propiciatorio de la fertilidad femenina: en la noche de San Juan la mujer que quisiera asegurar su fecundidad debía de acudir a la media noche, y desnuda, a beber agua de una de las fuentes de la sierra y una vez hecho esto derramar el agua y dejar señales que avisaran a otra posible muchacha que acudiese con posteridad, ya que la magia del agua solamente era para una persona, una sola al año; quien se retrasara había de buscar un nuevo manantial o esperar al año próximo.

Como manifestaciones posteriores, y las más frecuentes en la actualidad, de estos ritos y cultos, encontramos las rondas de muchachos que en la noche del último día de abril, en la madrugada del primer día de mayo, van cantando a las muchachas en edad de merecer, que si eran pretendidas (y correspondían) por alguno de ellos, veían engalanar su puerta o balcón con ramos de flores, aunque en ocasiones, las más remilgadas o las menos favorecidas encontraban a la mañana siguiente una boñiga o los restos de algún animal muerto.

Durante estas rondas, la costumbre era cantar el «dibujo o retrato» de la novia, en el que, como alabanza, se iban comparando las diferentes partes de la anatomía de la muchacha con las correspondientes imágenes, solucionando con gran ingenio las lógicas situaciones escabrosas a que el juego daba lugar.

Al igual que ha sucedido con tantos otros ritos, también los mayos han sufrido un proceso de progresiva adaptación, de metamorfosis que ha hecho que aunque cambien las manifestaciones exteriores, en lo más recóndito aún permanezca su primitivo sentido. Con la cristianización de estos cultos, aparecen tal y como los conocemos en la actualidad: mayo es el «mes de las flores» dedicado a la Virgen María (Madre de Dios), son frecuentes las romerías a santuarios en el campo (el Rocío, la Virgen de la Cabeza entre las más conocidas) casi siempre en la proximidad de manantiales, se celebra la Exaltación de la Cruz de Mayo), bendición de los campos, etc.

Esta «vuelta a lo divino» afecta sin apenas modificaciones incluso al «retrato o dibujo» al que antes hicimos mención y que una vez modificado, sustituye al personaje de la novia por la Virgen María, a quien van dirigidas todas las alabanzas.

Estos mayos religiosos se encuentran en la práctica totalidad de nuestros pueblos con muy abundantes formas musicales, de los que podríamos destacar además de los que aparecen en la grabación, aquellos otros que se cantan a ritmo de jota y con acompañamiento de banda de música en Navas de San Juan y Santisteban del Puerto.

Mayos Profanos
–A cantar un Mayo
señores venimos
y para cantarlo
licencia pedimos.
–Nadie nos contesta
ni nos dice nada,
señal que tendremos
la licencia dada.
– La licencia dada
mía la tenéis,
pero de mis padres
no la lograréis.
–Esta es tu cabeza,
chiquita y bonita,
que de ella se forma
una melenita.
–Este es tu pelo,
madejas de oro,
con cintas azules
que lo adornan todo.
–Esta es tu frente,
a placer de guerra
donde el Rey Cupido
puso su bandera.
–Estas son tus cejas,
tan bien arqueadas,
que sólo Cupido
pudo dibujarlas.
–Estos son tus ojos,
luceros del alba,
que cuando anochece
la mañana es clara.
–Esta es tu nariz,
filo de mi espada,
que los corazones
sin herir los pasa.
–Tus orejas, dama,
no gastan pendientes,
porque los adornan
tu cara y tu frente.
–Y en esa boquita
tienes dos hileras
de menudos dientes
que parecen perlas.
–Y en esa barbita
tienes un hoyito
parece un dibujo
para el alma escrito.
–Y ésta es tu garganta,
tan clara y tan bella
que el agua que bebes
se clarea en ella.
–Estos son tus brazos,
dos fuertes columnas,
con ellos sostienes
el sol y la luna.
–Desde aquí estoy viendo
dos fuentes muy claras
que beber quisiera
si usted me dejara.
–Y tu cinturita
siempre voy temblando
de que se te rompa
cuando vas andando.
–Ya vamos llegando
a partes ocultas,
nadie diga nada
si no nos preguntan.
–Estos son tus muslos,
son carne y encanto,
y tus pantorrillas
son de marfil blanco.
–Estos son tus pies,
tus dedos y tus plantas,
que con tus paseos
a la España encantas.
–Ya te he dibujado,
niña, tus facciones,
y ahora falta mayo
que te las adorne.
–Si no estuvieras contenta
con el mayo que he cantado,
te pondrías un poco atenta
y verás otro al contado.
–Ni pluma que escriba
ni mejor poeta,
ni pintor que pinte
esa dama bella.

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