Informantes: Mujeres del Altar de Mayo
Localización: Noalejo

Las primeras versiones aparecen escritas a finales del siglo XV en el Cancionero de Londres y el Cancionero de Sepúlveda.

Ya en 1506 empezó a aparecer impreso en pliegos sueltos y durante el Siglo de Oro, también está incluido en las obras de Vélez de Guevara y Guillén de Castro.

Sobre los orígenes se sustentan diversas teorías habiendo quien defiende que desde la Bretaña francesa se introdujo en la Península por Cataluña y quien afirma que por su estructura interna, métrica, rimas, etc…, parece claro el origen castellano y posterior difusión a Francia, Italia e Hispanoamérica.

La frecuente refundición del romance del Quintado y el de la Aparición hace que en nuestro medio aparezca de manera habitual como versión única. Como prueba de su apreciable vitalidad en la tradición oral moderna baste el ejemplo de su última «actualización» a finales del siglo pasado en la que se utiliza como vehículo narrativo de la muerte de la reina Mercedes, primera mujer de Alfonso XII.

En Portugal, se mezcla en ocasiones con el romance de Bernal Francés y La Bella Malmaridada. Zarita Nahón aportó una versión refundida de la amenaza a Roma con la Aparecida recogida en Tánger y en la que aporta otros textos refundidos en Tetuán y Melilla.

El Quintado y la Aparecida
De veinticinco soldados
que marchan para la guerra,
de veinticinco que iban
«na» más que uno lleva pena.
— ¿Qué tienes, mi «soldaíto»?,
¿qué tienes que no te alegras?,
¿lloras porque eres soldado
o porque vas a la guerra?
— No lloro por ser soldado
ni porque voy a la guerra,
que el día que yo me vine
me dejé a mi Elvira enferma.
— Coge tu caballo y vete
y vete a cumplir con ella,
con soldado más o menos
no se termina la guerra.
Ha «echao» mano al bolsillo,
se ha sacado una cartera,
una cadena de oro
a su capitán le entrega.
— Tenga usted, mi capitán,
para que se sirva de ella
el día de mi esponsorio,
me la regaló mi prenda.
Se ha «montao» en su caballo,
se ha ido a cumplir con ella,
al saltar el barranquillo
el caballo le retiembla.
— No te asustes, mi soldado,
tú no te asustes de mí,
que yo soy tu novia Elvira
y me vengo a despedir.
— La primera nena que tengas
ponle Elvira, como a mí.
Las mujeres de este mundo
se han «terminao» para mí,
me voy a meter a fraile,
fraile de San Agustín,
la «primer» misa que diga
ofrecida para ti.

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